¿Tienes muchas cosas que decir? Seguro que sí.

 

Todos queremos que el mundo conozca lo que opinamos, en lo que creemos, lo que se debería hacer… porque estamos seguros de lo importante que son nuestra opiniones, siempre acertamos, somos la leche y por eso lo decimos aunque no nos pidan opinión pero nadie piensa en el cómo, cuando es indudable que debería ir antes.

 

No me refiero a si lo gritas, lo dejas por escrito o te vas a la televisión para que te vea el mayor número de gente aburrida.

 

Lo que decimos puede ser (la mayoría de las veces no lo es) algo importante y creemos que con soltarlo basta.

 

¡Ya está! ¡Ya lo he dicho!

Solucionado el problema, ahora es culpa tuya si no lo entiendes.

 

¡Qué simples somos!

 

Cuando nos centramos en el qué en vez de en el cómo perdemos la oportunidad de conectar con la otra persona.

 

Qué emoción voy a utilizar, cómo la transmito, cómo y cuándo hago la pausa necesaria para que asimile la información y recapacite, cómo debería hablar, rápido, despacio…

 

Existen muchas preguntas donde el cómo es el protagonista y que sirven para conectar con tu audiencia. El qué es irrelevante si no conectas.

 

¿Podrías hablar sobre un vaso de agua y hacer que tu audiencia se emocione?

El qué es el vaso de agua y el cómo lo que consigue su emoción.

 

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