Sí, lo sé, quizá me pasara un poquito.

Aún así, analizándolo bien… no, tampoco así, bueno, quizá, ¿no? Sí, creo que sí.

Vamos a darle una vuelta, a ver cómo lo encajamos en el contexto de hablar en público.

Tú eres una persona (humana), tu audiencia está formada también por personas (humanas), no vamos a entrar si alguna vez has dado una charla para otro tipo de animales, como pueden ser gallinas, vacas, ovejas…

Ahora analicemos las opciones que tenemos para nuestra audiencia.

Una opción podría ser que tu audiencia este formada por personas que creen que existe un más allá idílico, religioso y que somos como somos porque descendemos de ese, vamos a llamarlo, más allá y volveremos a él.

La otra opción podrían ser que tu audiencia estuviera formada por personas que no creen en nada, ateas aferradas a la ciencia como un salvavidas en su mar de dudas y su única certeza es que nos espera el vacío existencial.

Podría existir una tercera opción, la más posible de las tres, que tu audiencia estuviera formada por una amalgama de personas de las dos primeras.

Llegado a este punto vemos que si perteneces al primer grupo no hay problema con subirse a un escenario y dar una conferencia. Eres la perfección en forma humana y cuando dejes este mundo irás a un sitio espectacular. Con ese futuro me vas a decir que tienes miedo de hablar en público.

Y si eres de los segundos, no hay más opción que mostrarse tal como eres, disfrutar de la vida y vivir el presente. No existe un más allá donde se celebren juicios sobre lo mal que impartes los talleres, las horrible conferencias que das o lo aburrido de tus discursos.

Si lo piensas un poco, ¿para qué te sirve ese miedo a hablar en público? Cuando eres la perfección en forma humana sólo te queda amar lo que haces y hacerlo.

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