Un día, como otro cualquiera, estaba esperando en la cola de un supermercado cuando, detrás de mí, dos personas se saludaban y hablaban con entusiasmo, hasta que una bajó la voz y comenzó a contar algo que emocionó a todo el mundo.

Nadie prestaba atención, directamente, pero estábamos con la “antena” puesta en lo que estaba diciendo.

En realidad sólo hablaba una, la otra escuchaba, al igual que nosotros, porque aquella historia era increíble.

Me tocó el turno en la caja, pagué y me fui, una lástima porque me quedé sin saber el final.

A todo el mundo le gustan las buenas historias, a tu audiencia también.

 


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